“…mis alas rotas en esquirlas de aire, mi torpe andar a tientas por el lodo;…”J. Gorostiza. (1) Perder el autocontrol es algo que ni soporto, ni puedo permitirme. Menos aún, sobre mis emociones, mis sentimientos. ¿Porqué soy enfermera? No creo, todas las personas merecemos aprender a controlarnos. Acudí a un Profesional de la salud mental. Necesitaba un diagnóstico, tratamiento, terapia. Algo que me ayudara a valorar objetivamente esta y futuras situaciones.

El miedo a tragar tristezas en silencio.
Él Profesional tuvo el acierto de ir avanzando poco a poco. Reconocimos una profunda tristeza, una ira incontrolable, una impotencia y una insoportable sensación de minusvalía. Nos quedó claro que se debía a una pérdida, una ruptura, una discusión y un despido. La persona que me despedía aseguró que no habíamos alcanzado el objetivo. Lo peor, era saber que nuestro paciente, Pedrito, quedaría sin nuestros cuidados. Esto me llevó a disimular ese sentimiento de alas rotas, esa tristeza. A cerrar los ojos para no sentirla por las noches.
Empecé por relatar los hechos: “Me llamó el Lic. Saúl X, hermano de Pedrito, un adolescente con Síndrome Down y obesidad. Le preocupaba que la mamá de ambos cuidaba a Pedrito”. No estaba seguro que fuera lo mejor para él
La madre era una señora de carácter fuerte, en la 3ª. edad. Aceptó sentirse agotada, pero no deseaba el apoyo que se le ofrecía. “Total, es cuestión de mayor disciplina”. Señaló. Le pedí ejemplos: Empezó a enumerarlos: 1.- Aún lo ayudaba a bañarse, no se tallaba bien el pelo. 2.- No la obedecía, por ejemplo vi cuando ella gritaba “vete al patio a jugar con tus primos” . Tenían 7 y 9 años. Entendí la negativa de Pedrito.
3.- Cuando lo lleva a caminar, él corre y ella pierde el control. 4.- Lo castiga físicamente y verbalmente. (manazos y amenazas) Especialmente cuando lo sorprende tocándose los genitales. También al sintonizar la TV a volumen alto o en los canales “prohibidos”, (todos los que trasmiten música moderna). Toma el teléfono sin permiso. Hacía semanas lo sacó de la escuela para evitar burlas, etc. etc. … Siguió enumerando “faltas” y “medidas disciplinarias”.
El miedo a tragar tristezas en silencio.
Les propuse un programa de cuidados a cargo del Gabinete de Enfermeras. Incluiría: llevarlo a correr al Jardín, enseñarle a bañarse solo y empezar a revisar elementos de educación sexual. Con especialistas diseñaríamos un menú para balancear su alimentación. Cantaríamos con él, para acostumbrarlo a usar esta actividad. Expliqué como el canto bloquea las preocupaciones, produce endorfinas y otras sustancias que propician el bienestar. Además contribuye a la reducción del estrés.
Acordamos llevarlo a una clase de natación por semana. Practicar con él llamadas por teléfono. Encender y controlar el volumen de la TV. Usar las funciones básicas de la computadora y fortalecer su resiliencia. Sería un siguiente paso pensar en prepararlo para su reingreso a la Escuela.
También lo llevaríamos a las consultas con los especialistas que lo atendían. Los achaques y compromisos sociales de su madre, con frecuencia, le impedían llevarlo a sus citas. Todos aceptaron.
El miedo a tragar tristezas en silencio.
Pedrito empezó a disfrutar todas las actividades. Hacía preguntas y planes infantiles sobre su futuro en la escuela, el trabajo, el deporte, en su vida social y familiar. Empezó a interactuar con los niños y los adultos que encontrábamos en las consultas, en el parque, en la alberca. En pocos días nos dejó conocer un joven cariñoso y alegre. Su recuerdo me sigue impulsando a participar, aunque sea eventualmente, en actividades de responsabilidad social hacia este grupo.

Dos semanas después, al llegar por Pedrito para ir a correr al jardín lo encontré llorando. Luego de un saludo brusco, su madre me entregó un sobre diciendo que eran nuestros honorarios. Ya no requerían los cuidados para Pedrito.
El miedo a tragar tristezas en silencio.
Pedrito me abrazó llorando, “No te vayas, No te vayas”, casi gritaba. Le pedí que saliera al patio o fuera a su recámara un momento, para hablar con su mamá. A solas con ella, le pedí me explicara las razones para este cambio.
1.- Pedrito ya se bañaba bien y solo. Ella replicó: Si, pero se viste con la ropa que le da la gana y no la que yo le digo. Fue inútil comentar que era una señal de independencia. Logré callar otras palabras que venían a mi mente: “¿necesita controlar o que la necesiten? El control tiene como sinónimos: «Dominio y mando». Respiré profundo, busque empatía para escucharla sin juzgar, mantener una postura profesional.
.2.- Sigue sin querer jugar con sus primos, dijo ella. (los de 7 y 9 años). Yo les enseñé juegos que podían compartir, pero ella no quería ruido ni desorden en la casa.
El miedo a tragar tristezas en silencio.
3.- Tuvo que aceptar que correr en el jardín había sido un acierto. Él terminaba un poco cansado. Así, cuando salía a caminar con ella, lo hacía a su paso. Además, no dejaba de hablar contando lo que hacíamos. Luego agregó:… “y sigue tocándose, se esconde en su recámara. Usa el teléfono para hablar con sus hermanos, al rato hasta con desconocidas lo puede hacer. Explicarle el valor de la intimidad y de valerse por si mismo. Reconocer que el ya buscaba ampliar su esfera familiar y social, fue peor. Traté de entender las razones de esa madre. Me ayudó a no cruzar la línea como profesional ¿“sin involucrarme emocionalmente”.?Ooops, creo que lo de no involucrarme, no lo logré, aunque disimulé bastante bien.
Meses después, encontré a Pedrito con su mamá. Corrió a abrazarme, llorando, lo calmé con mi sonrisa. Le ofrecí que algún día iría a visitarlo. Luego que se fueron, brotaron mis lágrimas. Ya no eran por mí, entendí que… eran por él y por su madre. Quizás, ella también tuvo » el miedo a tragar tristezas en silencio«. Tal vez, la vida tenía algo que enseñarnos a los tres. Platón lo dijo en una frase:» Cada lágrima enseña a los mortales una verdad».
(1) Comparto este epígrafe al inicio ya que son las mejores metáforas para describirme durante este …y tal, vez otros episodios.















La frase la escuché en portugués. Fue víctima de violación múltiple. Cinco delincuentes la secuestraron, golpearon, violaron, acuchillaron y la dejaron creyendo que había muerto. Llegó al Hospital en paro cardio-respiratorio.(muerta).
No fueron palabras, fueron lágrimas las que me conmovieron. El que lloraba era el médico. La trató por «aborto incompleto». Tuvo que intervenir nuevamente ante una gran hemorragia, contracciones y dolores intensos. Al revisar su cavidad encontró una catastrófica ruptura del útero y una hemorragia masiva. Tuvo que extirparlo, era una emergencia que podía costarle la vida a la paciente..
Femenino de 14 años con hemorragia, contracciones, fiebre y shock hipovolémico, llega por urgencias. Una conocida de 15 años la acompaña. Refiere que su amiga presentaba síntomas de embarazo, mismo que no podía informar a su madre y menos a su padre especialmente violento. El novio se negaba a aceptar la paternidad.
Uno de los lugares donde las cosas habían cambiado para mejorar fue en Cartagena, Colombia. Conocimos de propia voz las historias de terror ante las carencias de todo tipo, estructural, material y humano. Según el personal y las mismas pacientes el Hospital “era un cochinero”. Además el manejo de la administración dejaba mucho que desear.
Se buscaba documentar, a través de entrevista, las causas por las que las mujeres accedieron o no a la Interrupción Legal del Embarazo (ILE) producto de violación. Una de las entrevistadas, había sido violada por su padre. Al llevarla al médico , la joven pudo denunciar y el culpable fue a prisión. Situación que la familia no le perdona.
En América Latina uno de los Hospitales que más me llamaron la atención, fue uno en el que el policía interrogaba a cada mujer que llegaba con sangrado. Una de ellas develó el misterio: mientras que a ella la habían ingresado, habían regresado a su marido para que fuera por dinero para la “multa”. 





